A la sombra del Estado

 

La búsqueda de medidas para paliar la propagación del Covid-19 no sólo conlleva aislamiento, prevención y un estudio a contratiempo sobre medicamentos y vacunas, que puedan combatir este nuevo patógeno, sino que también abre una reflexión sobre qué rol debe jugar el Estado y cuál es el sistema de salud más adecuado para enfrentar la pandemia. Huérfanos de organismos multilaterales que nos den soluciones claras y cortoplacistas, decepcionados por la actitud insolidaria de la Unión Europea, que hasta ahora no ha dado la talla para afrontar una crisis sanitaria y socioeconómica sin precedentes desde el Crac del 29, los pueblos buscan el apoyo en sus gobiernos, para que frenen el goteo de muerte que está dejando la epidemia, y a la vez marquen un rumbo cierto y estable que evite el abismo que se cierne, el futuro oscuro y funesto que esconde el después.

El coronavirus se ha expandido rápidamente por todo el mundo. El comercio internacional y la globalización han propagado la infección vírica por todos los países hasta contagiar a más de 2 millones de personas y matar a 160 mil, por ahora. Los mandatarios de los estados más afectados están reaccionando de manera distinta ante la pandemia. Las medidas de distancia social, confinamiento y protección son comunes a todas las naciones, pero las fórmulas económicas para evitar o reducir la crisis económica y fomentar el empleo son diversas, mientras la improvisación y el desbordamiento son la tónica.

Rusia, China o Corea del Norte están llevando el asunto con el mayor de los hermetismos, intensificando el papel omnipresente del Estado en el aspecto sanitario y económico, en cambio los países europeos confían en las partidas económicas extraordinarias, las moratorias y coronabonos o la mutualidad de la emisión de deuda común. Mientras la UE y el Banco Central Europeo (BCE) buscan soluciones generales y pactadas, muchos países como Alemania, Italia, Francia o Irlanda han optado por una inyección económica a través de permisos retribuidos. Otra corriente de países, entre los que está España, apuestan por una renta mínima vital, pero sin dejar a un lado el control estatal, mientras que otros estados como EEUU, Canadá o Brasil apuestan por ingresar el dinero en las cuentas corrientes de cada ciudadano, lo que se conoce como una distribución del señoreaje futuro. Este helicóptero del dinero es la “renta vital” que propone la receta neoliberal, que busca huir de la gestión estatal y estimular el consumo so pena de caer en la sombra de la inflación.

Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía y comprender que los servicios públicos no son cargas sino inversiones, que ha llegado el tiempo de aplicar políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta básica y los impuestos a las rentas más altas. La urgencia de la enfermedad y la ruina abogan por una estatalización de la economía, al menos durante un tiempo, teniendo en cuenta que no se han de suprimir derechos, sino priorizar unos u otros según el contexto y el momento.

Como decía Aldous Huxley, «nadie es de nadie, todos pertenecemos a todos», y en esa comprensión del bien común que es la vida, el papel del Estado crecerá. La teorización y funciones del Estado de derecho, desde Aristóteles y Maquiavelo hasta Meinecke y Hobbes, se ponen a prueba en estos momentos de incertidumbre, precisamente cuando más falta nos hace a todos. Viviremos a la sombra del Estado, conscientes de que nada volverá a ser igual.

«Quien no tenga sueños que se disponga a tener dueños«. Luis Eduardo Aute.

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