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El futuro de Líbano, ¿en Oriente o en Occidente?

 

El pasado 4 de agosto, dos devastadoras explosiones, con una potencia equivalente de 3 kilotones, asolaron el puerto de Beirut y destruyeron los hogares de alrededor de 300.000 personas de la capital libanesa. Por el momento, se han contabilizado 220 muertos, a falta de hallar los cuerpos que aún permanecen desaparecidos, y más de 7.000 heridos. El centro neurálgico de la economía libanesa ha sido gravemente dañado, ahondando una crisis económica que la epidemia del Covid-19 y, sobre todo, las sanciones norteamericanas, habían llevado a una situación realmente insostenible.

La prensa corporativa, como una bandada de cuervos revoloteando alrededor de los cadáveres, se lanzó en tromba a acusar a Hezbollah del incidente. Primero dijeron que había explotado un arsenal de armas de la resistencia. Luego, cuando se supo que habían estallado 2.750 toneladas de Nitrato de Amonio decomisadas desde 2014 en el hangar número 12 del puerto, se inventaron que era material destinado a la producción de explosivos. Finalmente cambiaron de nuevo la versión, responsabilizando al partido vencedor de las últimas elecciones libanesas de ser los gestores del puerto, cuando en realidad nada tenían que ver con ello.

El Nitrato de Amonio es un fertilizante usado como ingrediente en numerosos explosivos, como la Goma-2 o el Amonal. Sin embargo, en estado puro es bastante estable y no estalla con facilidad, es necesaria la mezcla con otros compuestos como aluminio, hidracina o gasoil, para que se convierta en un explosivo. En solitario necesita altísimas temperaturas para detonar, justamente por eso cuesta creer que lo hiciera de manera espontánea.

Tampoco ayudan todas las versiones distintas que se manejan, como la del incendio de material pirotécnico en un hangar contiguo, los trabajos de soldadura dentro de la nave de almacenamiento, el incendio de un depósito de hidrocarburos, las operaciones de carga de combustible en un muelle cercano, etc. Por eso, la hipótesis de un sabotaje o de un ataque (israelí para más señas) sigue estando sobre la mesa en estos momentos. Aunque, desde luego, encontrar pruebas inequívocas de la autoría en un lugar totalmente devastado, sea algo muy difícil. Aplicar la máxima qui prodest (a quién beneficiaría el ataque) puede sernos útil como forma de análisis, pero deberíamos primero acotar si ha sido un incidente fortuito o no, antes de adjudicar culpabilidades.

Aunque no se quiera admitir, a veces ni por la prensa o los analistas de izquierdas, Líbano sufre los efectos de otra bomba silenciosa —más bien silenciada—, pero igualmente destructiva: el bloqueo financiero a que está siendo sometido por Estados Unidos, especialmente desde 2019. En efecto, tras el etiquetado a Hezbollah como grupo terrorista, a pesar de ser un partido político de gobierno, EEUU comenzó su particular guerra económica para cortar las fuentes de financiación de la organización. En diciembre de 2015 el Congreso de Estados Unidos ya aprobó una ley que prohibía a los bancos operar con Hezbollah e impedía, también, las transmisiones del canal de televisión Al-Manar.

Sin embargo, conscientes de que no sería nada fácil de implementar con el éxito requerido, Estados Unidos optó por otra estrategia: bloquear la práctica totalidad de la banca libanesa, para que la ciudadanía culpase de su mala situación a las filas de la resistencia. En octubre del pasado año, justo antes de la irrupción en el mundo del Covid-19, Líbano ya había estallado en una crisis como nunca había tenido en su historia, con un gran número de manifestaciones y protestas durante todo el último tercio del año.

Todo se agravó aún más el 17 de junio de 2020 cuando la publicación de la Ley César, redactada con la intención de impedir la reconstrucción de Siria. Los capitales sirios estaban operando desde Líbano para conseguir alimentos, medicinas e insumos de todo tipo y, en cierto modo, mantenían viva la economía del país de los cedros. Se estima que más de un cuarto de los depósitos de la banca libanesa (50.000 millones de dólares) procedía de Siria, por lo que su inmovilización ha supuesto un durísimo golpe para ambos países que ha derivado en hiperinflación y devaluación de las monedas locales. Las previsiones económicas cifraban la contracción de la economía libanesa en un 15% para 2020, un auténtico terremoto que se estaba traduciendo en protestas ciudadanas de muy diverso pelaje y reivindicaciones.

Sin embargo, la situación era susceptible de empeorar. Tras las explosión del puerto y la destrucción de parte de Beirut, las proyecciones hablan de una contracción del 25%. Hay que tener en cuenta que el puerto es el centro económico de la nación, lugar por donde pasa más del 75% de las importaciones de Líbano. Grosso modo, con todos los respetos, puede decirse que Líbano es un puerto al que se le pegaron unas tierras robadas a Siria y al conjunto se le llamó país. Obviamente eso ocurrió en el periodo colonial y fue obra de Francia, la misma que ahora pretende erigirse en salvadora de Líbano, cuando es la causante de muchos de sus males (y no me refiero únicamente a periodos históricos más o menos lejanos).

Pretender ahora responsabilizar de la situación del país y la crisis económica a la corrupción o a la mala gestión del gobierno actual, es un auténtico disparate que esconde la complicidad con el relato occidental y la falta de respeto a la voluntad del pueblo libanés expresada en sus procesos democráticos. Obviamente, la corrupción es un fenómeno consustancial a las situaciones económicas irregulares, con amplias desigualdades y especialmente complejas, pero es más un síntoma que una enfermedad en sí misma.

Ni a este gobierno dimisionario ni a su primer ministro tampoco pueden responsabilizarse del almacenamiento del Nitrato de Amonio en el Puerto de Beirut. Como afirmamos anteriormente, 3 gobiernos diferentes se han encontrado con este problema, de naturaleza más judicial que política y culpar al ejecutivo de Hassan Diab, que es presidente solo en el periodo que llevamos de año, es injusto. Es fácilmente comprensible que la población esté cansada de una situación precaria y salga a las calles a protestar, pero es sospechoso que se señale mayoritariamente al responsable equivocado.

El sistema político libanés adolece de problemas originarios derivados de una distribución confesional absurda en su concepción y obsoleta en función de un censo que en nada tiene que ver con la población actual del país. Por extraño que parezca, cada grupo religioso tiene asignado un número fijo de diputados, de manera que cristianos y musulmanes tienen el mismo grupo de congresistas. La presidencia del Parlamento —unicameral— le corresponde siempre a un musulmán chií, mientras que la presidencia del país, constitucionalmente debe ostentarla un representante cristiano maronita y el cargo de primer ministro un musulmán sunita.

Este supuesto equilibrio entre cristianos y musulmanes y entre chiitas y sunitas es una falacia, atendiendo a la realidad demográfica del Líbano de 2020. Sin embargo, actualizarlo tampoco es ninguna solución, es reincidir en la división del país. El parlamento debe representar al pueblo libanés, no a sus 18 comunidades religiosas. Y esa es la gran reforma pendiente del país, un sistema electoral que apueste por unir a todas las confesiones libanesas, superando divisiones artificiales heredadas del colonialismo francés, que existen más en el plano político que en las propias calles del país.

Sigamos mirando al futuro. Occidente, ya antes de la explosión del Puerto de Beirut, había dejado a Líbano a su suerte, a merced del insaciable apetito de Israel por expandirse hasta el infinito por toda la región, con el concurso de su títere norteamericano, facilitando su implosión económica y apostando por una crisis que acabara con la influencia de Hezbollah, el único atisbo de independencia real existente en el país y el único contrapeso real de los intereses sionistas. La respuesta del gobierno a esta situación fue la más lógica: mirar a Oriente.

China quería convertir al puerto de Beirut en un importante nodo de la Ruta de la Seda (Israel ansía eso mismo para el puerto de Haifa) a través de inversiones millonarias realizadas en tiempo récord y en todo tipo de infraestructuras asociadas, incluidas carreteras, ferrocarriles y dos centrales eléctricas que darían al fin la soberanía energética a Líbano. También sus aliados tradicionales (Rusia, Siria, Irán, Iraq) se aprestaron en proporcionar ayuda humanitaria incondicional y planes de cooperación futura para la reconstrucción. Qatar incluso se ofreció a pagarla al completo.

En cambio, Macron tuvo la desfachatez de presentarse sobre los escombros aún humeantes como emperador de la otrora colonia francesa, imponiendo condiciones leoninas para el otorgamiento de la ayuda y sin traer tan siquiera bajo el brazo el levantamiento de las sanciones norteamericanas por motivos humanitarios.

Lo que realmente persigue Occidente en Líbano, es regalar a Israel el acceso a los yacimientos de gas descubiertos en las costas libanesas, obligarle a normalizar las relaciones con el ente sionista, desarmar a Hezbollah, privatizar lo que queda por vender del estado y romper cualquier atisbo de relación con Irán. Todo ello a cambio de ayudas envenenadas como las del FMI, que ya son una bomba de relojería en sí mismas de muchos kilotones de potencia. China, por su parte, no es una ONG caritativa. Tiene su proyecto de infraestructuras, el mayor del mundo, en Eurasia, donde Líbano es una pieza importante para el acceso al Mediterráneo y Europa, pero no se mete a imponer gobiernos o a derrocar presidentes. Esas son las cartas a jugar. Que sea el pueblo libanés quien elija libremente su camino.

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