DESDE MI ALDEA

El olor de nuestra historia

 

En más de una ocasión me he referido a los aromas que empapan los recuerdos entre los que navegamos cuando nos cubrimos con la manta de la melancolía. Los que ya peinamos canas encontramos en estos viajes al pasado la emoción de sentirnos parte de una historia maravillosa al pasear por un pueblo ajeno aún a la transformación inevitable del progreso. Calles de casas encaladas, de aleros de tejas, de barracas con techos de juncos por el que se filtraban las carencias de trabajos primarios y familias numerosas, de postigos entreabiertos que invitaban a compartir la humildad y la hospitalidad de una generación que ha ido desgranándose para abonar el presente que vivimos.

Todo esto ha quedado impreso en la memoria con la que nos asomamos a los sueños de unos años fascinantes donde los olores emanaban de lo natural, sin aditivos, sin conservantes y filtrados por la sensibilidad y la ingenuidad de quien hoy asiste al réquiem por la pérdida de todos ellos.

El día comenzaba con la aurora embriagada de aroma a tahona de leña y pan amasado con oficio, sin alarmas de fin de cocido ni termostatos que automatizan la sabia labor de verdaderos artesanos de la masa de harina de trigo, levadura y agua. A este, se le unía el olor a pan tostado y a rescoldo del picón de la noche anterior donde, alrededor de la mesa camilla, tenía lugar el encuentro de tres generaciones atenta a las historias narradas por los abuelos. Olor a agua fresca con la que nos humedecían la ropa antes de salir para el colegio, olor a tiza, a formol de los ensayos tras largas cacerías de ranas y a largas trenzas perfumadas con las que nos intentaban sacudir el pavo entre carreras y juegos enmelados de hormonas.

Olores a incienso y cera quemada que nos recordaban el deber indiscutible con la Santa Madre Iglesia, o a café intenso con el que se cubrían las partidas de dominó en el Café Grande o en El Nacional. Olores a damas de noche o jazmines testigos de mil y una peladas de pavas antes del último beso bajo la farola fundida, o a alcatufas y achofaifas mientras veíamos las últimas películas en el cine de verano.

Olores rancios a tiendas de mostradores de madera, a lecheras llenas para sopear la cena, a papel de estraza para envolver un cuarto de tocino o al pelado de flequillos redondos durante la tertulia en la barbería.

Lola Carrasquito, Felipa, Manuela, Antonio “el gas”, Pedro López, Aguera, Chanani… hoy, para mí, son olores; olores a mil y un cajones de ovillos y lanas, a suelas de gomas de zapatillas de andar por casa, a Maderas de Oriente, a Mirurgia, a batas de guatiné, a quinqueles, a frutas cuando la fruta olía a fruta o a metro y medio de hule para tapar los años a la mesa de la cocina.

Olfato convertido en memoria, sentido abierto al pasado, pasado de olores perdidos.

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