Estado de Alarma por Coronavirus

 

Estamos en guerra. No es una guerra entre adversarios visibles, sino contra organismos microscópicos, que han puesto en jaque nuestra salud y existencia, que han transformado nuestro estilo de vida. La pandemia de coronavirus se extiende por todo el mundo como la pólvora. Desde que el Gobierno aprobase el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma, y el Real Decreto 7/2020, de 12 de marzo – junto con el Real Decreto 8/2020, de 17 de marzo – de medidas urgentes extraordinarias para hacer frente al impacto económico y social del COVID-19, la sociedad española se ha visto sumida en una serie de medidas duras y extremas, que están alterando nuestra vida diaria.

Actualmente vivimos un encierro indefinido. Se ha cerrado el espacio aéreo y las fronteras; se prohíbe la circulación o permanencia de personas o vehículos en las calles; todos los hoteles, bares, empresas y negocios han echado el cierre, como también lo han hecho los colegios, universidades y demás centros o entidades que no presten servicios esenciales, sanitarios, farmacéuticos, de transporte o alimentación.

La pandemia ha provocado una emergencia sanitaria nunca vista, pero también una crisis social y económica sin precedentes. El Gobierno ha previsto 200 mil millones de euros de ayudas para paliar los efectos negativos provocados por el coronavirus, de los que 30 millones están destinados a la investigación de una vacuna. Además también se han propuesto diversas medidas para proteger a los afectados y salvaguardar la economía doméstica de cada ciudadano, tales como las moratorias de hipoteca, subsidios a autónomos, suspensión de los procedimientos administrativos en curso y los plazos de prescripción y caducidad de cualquier procedimiento y acción, prácticas de requisas temporales de material y bienes o los avales de hasta 100.000 millones para empresas afectadas – entre otras propuestas.

Pero a pesar de las ayudas, medidas y críticas ingratas, es evidente que habrá un antes y un después del coronavirus. El ejército está ayudando a los sanitarios y ciudadanía, tomado las calles de las principales ciudades con la llamada Operación Balmis. Vivimos una economía de guerra, donde se debe priorizar la salud y las personas, por encima del resto de cosas. La pandemia ha generado un parón de la actividad económica en toda Europa, solo comparable a los tiempos más duros de la II Guerra Mundial. Nuestro estilo de vida se ha roto, y sólo nos queda esperar a que pase el chaparrón encerrados en nuestras casas. Las empresas se reinventan, y ya no comercializan sus productos, ahora se dedican a fabricar gel desinfectante, mascarillas, batas protectoras, respiradores y toda una gama de materiales médicos de primera necesidad. Y a pesar de todo, nadie podrá evitar los cientos de ERTEs que se van a producir, el evidente riesgo de quiebra para 2.8 millones de empresas y la previsible pérdida de alrededor de 10 millones de empleos. Nuestra economía hace aguas, como la del resto de países afectados, mientras la picaresca crece, las bolsas se hunden y el precio del barril de petróleo se paga ya a 30 dólares; un precio bajísimo que no se daba desde hace 16 años.

La crisis caótica que vivimos está sacando lo peor y mejor de cada uno. Somos testigos de un fenómeno social que se estudiará en el futuro en las facultades. La histeria colectiva, las compras compulsivas y la desobediencia a la autoridad contrastan con la solidaridad, la empatía y la capacidad de resiliencia en la que todos estamos inmersos. Ya llevamos 20 mil afectados y más de mil muertos, y es evidente que la situación excepcional que vivimos va a durar. El silencio de la nada se ha apoderado de las calles y plazas, mientras la primavera ocupa en el exterior nuestro lugar, bajando la contaminación a niveles históricos y volviendo los animales a reclamar sus dominios. No nos queda otra que resistir, y aprender de esta batalla que libramos todos por sobrevivir. La Naturaleza sigue gobernando aún nuestro destino, las guerras y las epidemias siguen azotando a la humanidad. Mucha serenidad para afrontar el incierto camino que se abre ante nuestros ojos. Como decía Axel Munthe, “larga es la esperanza, para quien no puede hacer otra cosa que esperar”.

Mucho ánimo a tod@s; saldremos reforzados de estos tiempos aciagos.

“El miedo se propaga al doble de velocidad que cualquier virus”.
Dan Brown

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