DESDE MI ALDEA

Feliz Navidad

 

Muchos pasarán estas fechas formando parte activa de una tradición que, a mi parecer, es la mejor terapia de grupo que pueda existir. Basta cruzarse en la calle con conocidos para que un “Feliz Navidad” te salga de forma espontánea de esa gran bolsa de generosidad que llenamos entre polvorones y roscos y que nos hace sentir más buenos y dichosos dejando para el resto de meses del año lo que pueda afearnos un corazón enmelado con sirope de arce lapón.

Resulta que no todos los “Feliz Navidad” tienen el mismo peso emocional, pues no todos los emisores de este deseo están capacitados para imprimir estas dos palabras con la tinta de la sinceridad y no todos los receptores son aptos para filtrar la humildad que se necesita para que dejen de ser un tópico más de la mecánica de nuestras relaciones sociales.

Me explico con el siguiente micro relato donde se puede evaluar el uso de este saludo navideño con o sin aliño.

Era pequeña, con una enmarañada cabellera de rubios rizos tras la que se escondían los remiendos de su viejo abrigo de paño. La nieve le mantenía mojados los mocasines de tela, unos calzados encontrados en el último contenedor visitado en busca del desperdicio de una sociedad que ignoraba la presencia anónima de la infeliz mientras se emborrachaban de la lujuria y del consumismo más absurdo. Unos dedos pequeños, morados por el frío, asomaban por los agujeros de unos guantes raídos, regalo de la solidaridad fluyente de golpes de pechos cuajados de cadenas y medallas de santos.

María, así se llamaba. El nombre se lo pusieron en los servicios sociales antes de ser ofrecida en una sucesión de acogidas fallidas. Tenía doce años y deambulaba por las calles solitarias del pueblo. Su cuerpo, enjuto y menudo, apenas dejaba huellas sobre la nieve presa de la anorexia obligada por la desgana de sentirse parte del fondo del contenedor.

Al llegar a la alameda de la iglesia, María fue cruzándose con las personas que salían de la misa del gallo. Se cruzó primero con varios señores de largos abrigos oscuros y grandes sombreros que les delataban como personajes influyentes y singulares, la joven levantó una de sus manos y pronunció un “Feliz Navidad” lo más dulce que pudo a pesar de tener los labios agrietados del frío…no hubo respuesta alguna.

Lo intentó de nuevo con varias señoras de gruesos abrigos y coloridas bufandas, todas ellas hicieron gala de su alta alcurnia girando las testas al paso de la andrajosa joven; por supuesto hicieron caso omiso al “Feliz Navidad” hiriente de la plebeya.

Por fin, al llegar al templo, se dio de bruces con el cerrojazo de la cancela, lo cual le impidió solicitar caridad al párroco. Contrariada por su error de cálculo, María volvió sobre sus pasos en busca del centro social donde pasar la noche. Al llegar al final de la alameda, María oyó un villancico que hablaba de un pequeño tamborilero. El sonido provenía del interior de una vivienda humilde; se acercó a una pequeña ventana y vio cómo, alrededor de un brasero, pequeños y mayores cantaban y sonreían. La puerta se abrió, lo que sorprendió a la joven, y un anciano se acercó a María invitándola a pasar al interior. María, recordó en ese momento la nula respuesta de los señores de abrigos largos y grandes sombreros, también le vino a la mente la reacción de las señoras de alta alcurnia y coloridas bufandas.

En ese momento María oyó una voz dulce, llena de vida y de verdad que le decía… “Feliz Navidad”.

Feliz Navidad a tod@s, os deseo lo mejor en estas fechas y que el 2021 venga lleno de buenas intenciones y soluciones que nos hagan salir de todo lo malo.

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