Homicisium

Ahora que enterramos otro año y nos preparamos para recibir la promesa de una nueva primavera, es tiempo para aprender de nuestros aciertos y asumir los errores.

 

Entre excesos y vorágines consumistas llegan los días de las promesas que no se han de cumplir y esa machacona autodisculpa que flota como el aceite sobre nuestra conciencia, rememorando las malas acciones y las omisiones imperiosas. Y como es tradición también, desde que el hombre es hombre, echaremos el muerto a otro, le colocaremos el mochuelo de los pecados y agravios al que menos culpa tenga, siempre con la intención de zafarnos de nuestra severa conciencia y no entonar un mea culpa.

Echarle el muerto a otro ha sido costumbre en nuestro suelo patrio desde los oscuros tiempos de la Edad Media. Cuando se hallaba un cadáver sin señales de autoría por esos caminos machadianos y polvorientos, la autoridad competente cargaba los gastos de entierro y una multa a los vecinos del término municipal donde se encontraba aquél. Esa multa, de responsabilidad colectiva, era lo que se conocía como homicisium u omecillo, y para evitar su pago, los vecinos solían con nocturnidad y alevosía colocar el finado en otro municipio, para que las gentes de aquél “cargasen con el muerto”, es decir, tuviesen que pagar la urticante sanción.

Nuestro rico idioma se hizo eco de esta picaresca, asumiendo diversas locuciones tales como “cargar con el muerto”, “echarle el muerto a otro” o “cargar con el mochuelo” ( la referencia a esta ave nocturna se relacionaba con la pesadez, ya que según María Moliner, “mochuelo” es una deformación de “mocho”, refiriéndose a la culata o “mocho” del arcabuz, bastante largo y pesado de llevar y usar ). La pervivencia de estos dichos trascendió la multa o caloña que les dio origen, perpetuándose a lo largo de los lustros gracias a esa farisaica costumbre de echarle la culpa al prójimo.

Y la multa u omecillo no era peccata minuta, sino que era de entidad, pudiendo ser en dinero o especie. Se aplicaba a los vecinos de la villa donde hallaban el muerto, abonándose pagos de hasta 1000 sueldos, es decir, lo que cobraba una persona humilde en dos o cinco años de duro trabajo. Por el Fuero Viejo de Castilla o Fuero de los Fijosdalgo, el Fuero General de Navarra, Tudela, León o Córdoba – entre otras muchas leyes medievales -, sabemos que eran declarados homicieros tanto personas como animales, árboles y objetos muebles. Así por ejemplo, si la muerte se producía por una caída desde un caballo o un árbol, el condenado a pagar sería el animal o el vegetal, que terminaban ajusticiados ó embargados y vendidos en pública subasta.

Pero los males de “cargar el muerto a otros” no sólo afectaban a los paganinis y tolais de turno, sino que también se proyectaban sobre el muerto. Así cuando el asesinado era deudor, su fiador tenía el derecho de embargar sus propiedades, y si éste no tenía, podía embargar su cadáver, hasta que sus familiares, por honra o vergüenza, cumpliesen con los compromisos del difunto. No menos curioso era el reparto de las cuotas que cada vecino debía afrontar a la hora de pagar el homicisium, ya que pagaban más los ricos que los pobres y los hombres más que las mujeres. También se daban excepciones, ya que dos mujeres no casadas pagaban como un sólo varón, mientras que un hombre que no pudiese trabajar o un menor de edad debían de pagar lo mismo que una mujer. Como anécdota diré que, para averiguar si un chaval llegaba a la pubertad, es decir, a la mayoría de edad, los fueros determinaban que era clave el crecimiento del pelo en sus genitales o natura ( ante la duda, había un empleado de justicia que, tras la comprobación oportuna, avisaba al mozo: «Paga la pecha que tienes vello en tu natura» ).

En resumidas cuentas, el homicisium era una pena muy onerosa para todo hijo de vecino, y de su temido pago sólo se libraban los que gozaban de una imberbe natura y aquellos que tenían la suficiente cara y suerte de echar el muerto en territorio ajeno. Desde entonces seguimos cargándole el pesado mocho a otro, repitiendo una y otra vez ese acto extendido, taimado y deplorable de uso normalizado, aunque siempre será mucho peor que sea uno el que “ponga el muerto”.

Asuman pues para el año nuevo sus “logros y aciertos”, sin caer en la milenaria tentación de “echarle el muerto a otro”. No lo olviden. Felices Fiestas a Tod@s.

“Como en las deudas, no cabe con las culpas otra honradez que pagarlas”.
Jacinto Benavente.

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