Monte de la Torre

Llanto por los que nos dieron todo

 

Maldito coronavirus, estás dejando a nuestra España
llena de muertes y, muchas de ellas,
son de los mayores que tanto a su patria aman.

Esos abuelos que levantaron a este país con su entrega,
grandiosa voluntad, esfuerzo encomiable
y un espíritu de trabajo para, a sus hijos y nietos, legar
la mejor herencia que cualquiera desea recibir,
la de un estado de bienestar cubierto por los aires de paz que llenan
de dicha y satisfacción a los pueblos como el nuestro.

Estos mayores sembraron con su férrea voluntad la mejor semilla,
la de nuestra democracia por la que ellos, y sus padres,
lucharon dejándose en tan encomiable tarea la piel misma.

Esforzados titanes, que, desde su hogar y trabajo,
con nobleza y sencillez, dieron ejemplo de vida
para que nosotros tuviéramos esto que hoy gozamos,
una sociedad de progreso en la solidaridad misma,
que todos debemos agradecerles a los abuelos amados.
Sin miedo a nada y, con las mentes abiertas
a un mundo global e intercultural, haciendo que sigan
creciendo las relaciones sociales basadas en el respeto y la no discriminación.

Ellos, nuestros adorados mayores,
levantaron estas casas, donde hoy nos refugiamos y amparamos,
con su trabajo, en lucha honrada, poniendo sus hombros
para que nuestro país se levantara de aquella postguerra que pasaron
con sus manos abiertas entregando lo poco, que era mucho para todos
y, forjando valores; sí, esos valores tan necesarios para que modélicos seamos
de la sociedad en la que, gracias a ellos, vivimos.
Con sus humildes pensiones ayudaron a que los hijos superen económicas crisis
y los nietos sean aliviados en la falta de trabajo,
ese azote tan terrible para las nuevas generaciones.
Muchos, muchísimos son todos los méritos de esos grandes anónimos héroes,
nuestros mayores, maestros de grandiosas lecciones.

Hoy, se ven, como todos los españoles, atacados por el virus maldito;
a ellos que, como dieron todo, como su vitalidad la entregaron
ahora, dada su edad, mermados, físicamente, están los abnegados ancianos míos
y ese virus mortal nos los lleva,
y encima, para más dolor, no podemos abrazarlos y despedirlos.
Se van solos, sin su familia,
sin un beso y una flor, cuando ellos tanto regaron, con su sufrido sudor,
este jardín de España que, en luctuosos días está siendo cercenado y asolado.
Pero, sepa ese fantasmagórico virus, que no arrancará de nuestro corazón
el amor que tenemos y tendremos a los que, sin recibir nada, dieron todo
Ese cariño que muy bien supieron sembrar
y que nunca, mientras vivamos sus hijos/as, les faltará.

Abuelos, nuestros queridos ancianos, no hay palabras de verdad
para agradecer lo que vosotros hicisteis sin medios en el campo o la capital,
pero sin internet, sin agua corriente y sin luz en vuestras modestas casas,
poseíais lo mejor, el estar muy conectados y unidos a los vuestros, eso bastaba;
aunque llegó el tecnológico progreso
siempre supo que el canal de canales, la red de la seguridad del resto
de miembros de la sociedad está en vosotros
por eso, queridos abuelos, se me rompe el alma en incontenido lloro
al ver como os vais de las profesionales manos sanitarias que buscan salvaros
pero, os lleva el maldito virus que pretende el más humano tesoro robarnos.

Encerrados, confinados en nuestras casas,
las que, piedra a piedra, levantaron con sus brazos nuestros abuelos/as;
miramos por la ventana
y en sus cristales, cual, si fueran espejos,
vemos por nuestros rostros correr ríos de lágrimas por el terrible mal
que supone perderlos/as y no poder decirles: “Adiós, os queremos,
ni España ni vuestras familias os olvidarán
lo muchos que hicisteis por darnos libertad y pan”.

Coronavirus, no nos dejas despedirlos con un abrazo,
ni darles una corona de flores porque tú les da la de muerte,
pero en el cielo, que sus almas recogen, recibirán la aureola de santos,
de verdaderos mártires que fallecen en una guerra tan fuerte
que nos deja heridos para siempre y, nuestros rezos serán su sentimental manto.

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