Mientras dure la tormenta

 

Traqueteo de máquina de coser. Les puedo asegurar que es todo un coñazo a la hora de la siesta y no suele ocurrir. Después de un buen rato mientras estaba ya bien concentrado en mi mundo paralelo de sueños, se atascó la puta máquina con un ruido infernal.

-¿Qué has terminado la bandera a la eternidad?

-Tu santa madre bien, ¿verdad?

Levanto los parpados y miro. ¡Dios mío! sale del salón una señora con un gorro que parece sacado de la familia Ingails, de la “Casa de la Pradera”. El que no haya llorado el moco con esa serie ni la conozca, no le invito todavía a que deje de leerme. Me pagan un pastizal por ello.

La de la máquina de coser es una señora que lleva la friolera de convivir conmigo desde que era una joven estudiante de enfermería. Es evidente que no tuvo demasiada suerte a la hora de elegir compañero de viaje, aunque tengo mis días buenos –no demasiados- pero los tengo.

¡Leña al mono! ¡Vergogna! Eso es lo que siento ahora mismo. Llega un momento en que ves al personal sanitario jugándosela -sin querer apostar- porque la mayoría son grandes profesionales (y profesionalas para el mundo de la inclusión y del analfabetismo) pero el mundo de las apuestas no es el suyo. Lo suyo es el de la prevención, el diagnostico y el tratamiento, con grandes dosis de humanidad y de llevarse a casa –y yo sin enterarme- una última mirada, un buen gesto, un asqueroso insulto… o volver en su día de turno (a veces antes voluntariamente) y encontrarse lo peor; eso sí es lo suyo. A Alberto Ruiz-Gallardón le leí una vez algo que me conmovió profundamente: “Lo peor no es ver a alguien muerto, lo más duro es ver a alguien muriéndose”. Creo que eso fue después del 11-M… aunque esa es otra historia, las historias de Albertito.

Aquella enfermera estaba haciéndose un simple gorro para dar algo de color –cómo otras compañeras- entre tanto coronavirus mientras su marido refunfuñaba por el ruido de la máquina de coser. Aquella enfermera me tenía mucho que contar pero nunca lo ha hecho porque siempre lo ha dejado en el perchero de la entrada. Ahora con alguna precaución más.

Yo trabajo en la Sanidad Pública, no soy sanitario, soy un simple administrativo. Ni quiero aplausos ni caceroladas. Las medallas ya se las pondrán otros. Mi norte actual son nuestras hijas, a las que tan sólo les inculco el ser justas, honradas y que se esfuercen por llegar a sus metas.

Me siento hoy mayor, tan mayor y tan cansado que ni les voy a contar…
Ahora toca centrarme en la tormenta que nos toca. Todo quedará anotado en el cuaderno de bitácora barreño.

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