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No es el monarca, es la monarquía

 

Resulta lamentable contemplar a un partido que se dice o considera republicano, aliado con la derecha extrema y con la extrema derecha para defender, una y otra vez, al régimen salido de las entrañas del franquismo y, en particular, a la institución de la monarquía. Los espectáculos mediáticos que arma el PSOE cada vez que se conocen nuevos escándalos relacionados con la Casa Real española, son tan patéticos, como lamentables e inconsistentes. El conjunto de mentiras y medias verdades usadas en defensa de los reyes les podrá servir para convencer por agotamiento a masas desinformadas, pero no resisten el más mínimo análisis intelectual.

La estrategia seguida por los partidos del régimen es muy similar. Están tratando de desvincular los casos de corrupción del rey emérito con la institución de la monarquía, creando una especie de cortafuegos alrededor de Felipe VI, aunque ello suponga en la práctica sacrificar al viejo monarca para salvar al actual y a toda su línea sucesoria. Así que se ha decidido que el emérito se coma todo el marrón de capitalizar a la corona, en sentido amplio, para que todo siga igual mientras las costuras aguanten. El fondo del asunto es como la de esa especie social de arañas aterciopeladas, que se dejan comer por sus crías cuando las cosas vienen mal dadas, para que se alimenten con su cuerpo y así salvar a la prole. Aunque, en nuestro caso, por los datos públicos que se manejan, no parece que la inmolación real sea del total agrado de su majestad, que se vio obligado por las circunstancias y su propio entorno a abdicar, dimitir o lo que quiera que hiciese en 2014.

Muchos de las informaciones aportadas por la última amante conocida del emérito, apuntan a que la Casa Real se comportaba como una sociedad limitada, dirigida por Juan Carlos, en la que participaba toda la familia real e incluso la familia política. Todos se beneficiaban de tarjetas black, de los regalos o del cash de la habitación del dinero. Los negocios sucios del rey eran los del resto. Una de las máximas obsesiones del campechano era cubrir las necesidades de toda su familia aún en las peores situaciones futuras, quizá por el recuerdo de los malos tiempos vividos en época de Estoril. Por eso los escándalos salpican al actual rey. El dinero negro, escondido en una sociedad offshore en paraísos fiscales, también estaba a nombre de Felipe VI, quien tuvo que renunciar a la herencia de su padre –aunque no a la corona– para que el asunto no le salpicase demasiado. Los medios cortesanos harán todo lo posible para que el tema se olvide cuanto antes, como ya hicieron con los negocios del emérito durante toda su vida pública. ¿Cómo se puede repudiar una herencia de alguien que no ha fallecido? A poco que se manejen datos, la teoría de la oveja negra no se sostiene.

Pero no es nada nuevo. No hay un Borbón que no haya sido un corrupto durante su reinado. Para muestra algunos botones. Fernando VII, el rey Felón, compró a Rusia una parte de la flota del Zar llevándose comisiones millonarias. Sin embargo, cuando los barcos llegaron a España se comprobó que solo valían para el desguace. A pesar de ello, el dinero no fue devuelto ni tampoco las comisiones. Su cuarta mujer, María Cristina de Borbón, cuando gobernó, cobraba comisiones del tráfico de esclavos en las colonias y por toda la obra pública importante que se hacía en el país. Su hija Isabel II robaba el 25% de todo lo que privatizaba para conseguir líquido para las arcas públicas y también se llevaba comisiones por cada esclavo llegado a Cuba. Alfonso XIII cobraba comisiones por el armamento comprado para el ejército, hacía de relaciones públicas de casinos y se quedaba con parte de los beneficios. Juan de Borbón, el padre del emérito, dejó una herencia en Suiza de 1.000 millones de pesetas de dudosa procedencia y sin regularizar. Prácticamente, todos ellos fueron expulsados de una u otra manera fuera de España y vivieron en el exilio una parte de su vida. Juan Carlos I, según denunció Roberto Centeno, ex-consejero delegado de Campsa, estuvo cobrando un sobreprecio de entre 1 y 2 dólares por barril de petróleo importado a España, además de las múltiples comisiones de grandes obras como las famosas del AVE a la Meca ahora en el punto de mira. Y no es cosa del presente, ni nos acabamos de dar cuenta, son décadas de convivir con las corruptelas del rey, aunque tapadas, consciente y coordinadamente, por la judicatura y la vergonzosa prensa de nuestro país, por cierto, la menos creíble de toda Europa.

Cuando alguien nos diga que las corruptelas de Juan Carlos son temas personales y no de la institución, en la historia tenemos la respuesta: no hay Borbón sin corrupción.

Pero no queda ahí la cosa, su nombramiento fue realizado por el dictador Franco, quien obligó a que Juan de Borbón renunciara a sus derechos sucesorios en favor de su hijo. Como vemos, una constante en la dinastía… la regifagia. La legalidad la adquiere Juan Carlos de una ley franquista, la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Su legitimidad emana del resultado del referéndum de la Constitución del 78, donde en palabras del presidente Adolfo Suárez, hubo que meterlo con calzador porque el pueblo español no lo quería y, si su figura se sometía a la voluntad popular, era seguro que sería rechazado democráticamente. Esa es la historia real del regalito envenenado, uno de tantos, que Franco dejó a la joven democracia española. Otro de los muchos que nos impiden avanzar hacia un sistema plenamente democrático.

Sus pecados originales son la razón por la que tanto se airean los supuestos servicios a la democracia realizados por Juan Carlos, escenificados en su proceder durante el golpe de estado del 23F. Este episodio nacional necesitaría de mucho más espacio que el de este breve artículo simplemente para presentarlo. Pero baste decir que la versión edulcorada que nos han contado sobre el caso está llena de omisiones.

Lo que el rey estaba preparando para esa fecha era un golpe de estado donde él iba a ser coronado presidente del gobierno, además de jefe de estado, aunque se iba a rodear de un manojo de políticos en su gabinete para que, en vez de una dictadura, fuese una dictablanda, más digerible por la ciudadanía. Si al final renunció a ejecutar su plan, sólo fue por la intervención de un grupo de militares díscolos que buscaban un gobierno exclusivamente castrense. Pero la labor conspirativa del emérito contra la democracia ahí queda y quedará en los anales de las cloacas del estado para quien quiera verla.

Sobre las convicciones democráticas del emérito también habría mucho que contar. Juan Carlos no trajo la democracia, se amoldó a una sociedad en cambio y en plena ebullición para no ser arrollado y perder la herencia que le dejó Franco. La transición, diseñada cuidadosamente desde la embajada norteamericana, se diseñó para evitar un cambio real como el demandado en las calles por un pueblo en empoderamiento progresivo y sin marcha atrás posible. Que no nos vendan cuentos de Disney, que eso solo vale para críos y adultos lobotomizados. Hay información oficial desclasificada o filtrada que lo pone negro sobre blanco. Juan Carlos se convirtió en un espía al servicio de la Casa Blanca a cambio de ser rey y de consentir regalarle a Marruecos el Sáhara Occidental. Y por supuesto a cambio de la entrada en la OTAN y de permitir a EEUU mantener las bases militares para acosar a los pueblos con ansias de libertad en Oriente Medio y África.

Pero, al margen de esa transacción, habría mucho más que decir. Uno no elige a la familia, pero sí a sus amigos. Cuando los amigos te consideran familia, eso denota lazos muy estrechos y vínculos indisolubles a todos los niveles. Pues bien, es lo que le ocurre a Juan Carlos con los dictadores feudales más sanguinarios del planeta, con los camelleros rebanacuellos de las monarquías del Golfo, como Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait o Bahrein, muchos de sus cajeros automáticos. Ninguna persona con profundas convicciones democráticas sería amigo íntimo de semejantes personajes, financiadores del terrorismo internacional de al Qaeda y el Estado Islámico, que muestran un absoluto desprecio por la vida y los derechos humanos.

Así que, señores socialistas o populares, no nos cuenten más milongas. La figura de los reyes no puede ser blanqueada simplemente por lo que son, un inadmisible anacronismo antidemocrático. Pero los borbones, Juan Carlos o Felipe –tanto monta, monta tanto– muchísimo menos, dadas sus trayectorias vitales, sus negocios y sus peligrosas amistades

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