DESDE MI ALDEA

Oro, incienso y mirra

 

Yo vivía en la Calle Calvo Sotelo, hoy La Plata, donde al mediodía de los domingos y días festivos el municipal de guardia colocaba el disco de prohibido el paso a los vehículos y convertía esta vía principal en el lugar de encuentro de nuestra gente. Cine de verano, terrazas, comercios… todo lo necesario para disfrutar de un pueblo que se sacudía las chinches al ritmo que marcaba la llegada de industrias, asfalto y ladrillos dejando los zahones y los aperos de labranza guardados en el baúl de nuestra historia.

Pero en aquella incipiente década de los setenta, mi calle cambiaba en vísperas de Navidad. Los enormes escaparates de Galerías Ferrer se transformaban; los pequeños electrodomésticos, las mágicas lavadoras de ventanas redondas, las aparatosas aspiradoras, las cocinas de butano con esos hornos que convertirían en escombros las hornillos de carbón, las neveras americanas que harían desaparecer los tarros de cristal llenos de conservas de la huerta y aquellos anuncios con señoras con delantales enclaustradas en una sociedad machista, todo desaparecía en una noche donde los duendes trabajaban a destajo para llenar el espacio de juguetes.

Las flamantes motoretas, la última muñeca de Famosa, los geyperman con pelo y barba, el coche capota con ruedas enormes, los castillos de mil piezas, los nuevos Cine Exin y el coche dirigido de Stasrsky y Hutch nos convocaban, como a moscas, entre decenas de balones, diávolos y una locomotora que, tras darle cuerda, andaba loca al ritmo de la cucaracha.

Ese escaparate era el oro de Mesopotamia con el que Gaspar cubría nuestros sueños, los sueños de los niños y niñas de la generación del yogur, de nuevos colegios, de paseos y plazas llenas de juegos, de zancos, de aros, de piedras redondas de mármol con las que ganábamos la estampa del último fichaje de nuestro equipo, de correveidiles con mensajes llenos de amores con trenzas y parches de cuero en la ropa heredada; el oro de la ilusión y la esperanza que nos enriquecía un alma empanada de carencias.

Melchor también formó parte de esa postal de ilusiones Él nos trajo el incienso de la India con el que nos separábamos de ese escaparate y nos dábamos de frente con la resignación de una realidad en la que debíamos valorar la riqueza de lo que tenemos. En la noche de reyes llenábamos de nervios la habitación compartida con el abuelo y proyectábamos en el techo el escaparate de Ferrer mientras la voz temblorosa de una generación sabia nos decía, como aquel rey de barba blanca, que siempre hay que pensar en aquellos que no tienen la suerte de ver los escaparates.

Y por supuesto, Baltazar. El rey etíope era el preferido de casi todos los niños y niñas. Baltazar, con su mirra, nos defendía a todos los hijos, como si todos juntos fuésemos el camino hacia el futuro de un pueblo que saludaba al progreso con el orgullo del esfuerzo y el trabajo de nuestros antepasados. Atrás quedaban las huertas, los mulos cargados de carbón, las aguaoras, los lateros y todos los oficios que llamaban a los postigos de las puertas en busca del trueque para seguir adelante.

Igual que llegaron… se fueron. El escaparate se llenó de nuevo de cacharros con cables y carteles de señoras de películas, mientras nosotros, los niños y niñas, volvimos a las pizarras y a llenar el paseo y las plazas de los juegos con los que crecimos entre bollos con chocolate y las voces de las madres que daban por finalizado el día.

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