Tu Mirada

 

 

En estos tiempos de confinamiento, fobias colectivas y limitaciones deambulatorias, en los que la pandemia, que no se va, condiciona nuestras existencias y amenaza con un desastre económico, sanitario y social sin parangón, la ley de la mirada rige de forma sutil el discurrir de la vida cotidiana.

Si algo positivo ha traído el coronavirus, el uso generalizado de las mascarillas y la llamada distancia social es el rescate obligado de las miradas. En nuestro vagar callejero, en ese trasiego consumista y profiláctico, el voyeurismo colectivo y el hidrogel se han impuesto sin remedio. La máscara ha hecho que las personas volvamos a mirarnos a los ojos, a alzar la mirada, que podamos sentir ese sentimiento animal olvidado de poder comunicarnos sin palabras; experimentar esa atávica ansiedad de ser observados, donde el alma se desnuda al ser mirada, al tomar conocimiento de cuan visible es a los ojos del resto, como diría el psicólogo Jacques Lacan.

Enfrentados a un futuro distópico, que amenaza con devorar nuestra libertad y sueños más inconfesables, embozados de miedo y desesperanza, sólo la mirada tiende su mano cálida y luminosa a un mundo donde la enfermedad ha tiranizado el tiempo. En la anarquía del desorden, del enemigo invisible, las miradas es lo único que nos recuerda que somos humanos, que somos frugales y vulnerables, como las hojas muertas del otoño. La insoportable levedad del ser nos ha transformado en marionetas de cristal, en números de anónimas estadísticas que generan indecisión y lágrimas. Llevamos demasiado tiempo ya mirando la negrura del azote vírico, y como decía Nietzsche, si miras durante largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

Ya nos recordaba Michel Foucault, no hay necesidad de armas, violencia física, ni de limitaciones materiales; sólo basta con una mirada. La mascarilla quirúrgica, institucionalizada y convertida en objeto de culto, ha abandonado los ojos en la orilla del mundo a la rotundidad del instante y la comunicación no verbal o kinésica de Paul Ekman. Como mimos maniatados, caminamos errantes, reflejados en las pupilas de los semejantes, buscando las respuestas a las grandes preguntas, a la vez que guardamos bajo el brazo los miedos y cruzando los dedos, alimentándonos una vez más de esa rodaja de suerte, que parece abandonarnos por momentos.

Desde los ídolos de placa y la mirada hierática y pétrea sin tiempo de la Dama de Elche o de Baza, los aguerridos íberos siempre hemos temido y adorado la mirada. Las miradas soliformes alumbraron nuestros primeros pasos, cuando descubrimos el fuego, la rueda y el silo. Después de la noche de los tiempos, tras los cristales nos siguen abordando las miradas inquisitivas de los nacidos de la estirpe de Caín, de aquéllos que construyeron la humanidad a golpe de quijada y contemplación feraz. La maldad sigue brillando en los óculos de la mediocridad y pestilencia interior, que no pueden ser disimuladas por las lenguas que cortan y los discursos fáciles y falaces, que terminan matando más que cualquier virus. Como decía Bécquer, el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada.

La ley de la mirada ha impuesto un toque de queda en nuestras vidas pintadas de incertidumbre. La ruidosa realidad nos abre los ojos a diario a esas otras miradas, que nunca se han ido. Miradas inquisitivas y amables, miradas valientes y cobardes, miradas lascivas y púdicas, miradas deseosas y envidiosas, miradas amigas y criminales, miradas que te salvan la vida y miradas que te la perdonan, miradas cercanas y abismales, miradas inocentes, miradas moribundas, miradas de alegría y despedida, miradas animales, miradas… Y luego está tu mirada. Ésa que esconde un alma serena y vital como el agua; bruñida en la honestidad y el regazo materno, faro en la oscuridad de la enfermedad y la desesperanza. Cuan importantes son esos ojos venerados, que paren miradas divinas, que flanquean almas necesarias que jamás ocultarán las mascarillas, ni morirán en mitad de la epidemia, de la batalla, que guardan miradas por las que vale la pena siempre levantarse cada día.

García Lorca lo sabía, hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas, como a una ventana llena de sol.

“No sé ni tu nombre, solo sé la mirada con que me lo dices.”
– Mario Benedetti

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