MONTE DE LA TORRE

Tu último vuelo, maestro

 

Ahora, Jesús Cuesta Arana, maestro de merecida y notoria fama,
el barro se ha vuelto más rojo
y está empapado no con el agua, pero si con el dolor
que supone que no estén tus hábiles manos para darle vida y alma
a ese barro, a esa parte de tierra que, al tocarla tus dedos,
la conviertes en obra grande, no de oro, resulta más valiosa al hacerlo
con el más grande de los sentimientos que solamente, Cuesta Arana,
saben dar a sus trabajos los que, al tener siempre los pies en el suelo,
sin siquiera pretenderlo, alcanzan altos vuelos
sin que ni un soplo de Levante mueva las ramas.
Ahora, Jesús Cuesta Arana, tus bronces huérfanos quedan,
el flamenco pierde las manos que mejor acariciaban las cuerdas
de todos los instrumentos que modelaba desde la noche a la mañana.
Los cantaores enmudecen,
su voz, hoy más que nunca, sería lamento porque se ha ido
quien tanto ellos han querido,
el artista, el amigo, el vecino que en toda reunión necesitan presente,
el más grande, Jesús Cuesta Arana.
La Petenera no baila en el tablao de Paterna,
quedó inmóvil, quieta por la terrible pena,
a ella que le gusta, cual palomas al aire sus brazos lanzar
con energía y brío,
el propio del que tiene duende y arte
para derramarlo de su cuerpo porque de este se sale
en cualquier fiesta, romería o la misma de El Rocío.
Ahora, Jesús Cuesta Arana, el campo y sus gentes
quedan muy heridos
y hasta los mismos trigos
sin estar en sazón, sin haber brotado, aún verdes
inclinan su incipiente espiga
y no porque la levantera les doble su vida,
es porque el pan, ese que con creces.
tu amasabas en tu taller, sin siquiera saberlo,
esa deliciosa y grandiosa hornada de obras y trabajos excelsos,
resultan ser el mejor alimento que a los pueblos proveen
para mantener muy sanas sus raíces, sus troncos
fuertes y robustos y las ramas,
las que no son más que otras raíces que a los cielos alcanzan
si el hacha de la humildad y modestia no las corta en trozos,
esas, siguiendo tu ejemplo, serán expansiones de luz hacia el más allá.
Maestro, tus pinceles
siempre lo necesitarán los campos secos o verdes
y la noble Villa de Alcalá,
sin ellos les faltaría el color más grandioso,
el que no hay lienzo ni fresco que lo recoja
pero si los necesitan estas campiñas, estas lomas
y sobre todo esta piña blanca, la Alcalá de todos
que hoy de la mano de Paterna en silencio lloran
mientras los bronces de San Jorge doblan
porque se muere el hombre, se rompe el vital barro
pero permanece inmortal el artista admirado,
respetado y querido por todos.
En la Ruta del Toro,
se va vestido del mejor traje de luces,
el de la vida consagrada por y para el arte de los andaluces,
el maestro que si Belmonte viviera diría:
¡” Vivan toreros como tú que, sin capote ni espada, hacen en la vida
las más grandes faenas y, a puerta de chiqueros,
sin miedo a nada porque les basta la palabra, son los amos del ruedo
y los pañuelos y vítores cubren el aire en singular vuelo”.

Ahora, Jesús Cuesta Arana, el corchero espera nuevas sacas;
su hacha está mellada por no poder romper en trozos el corcho de penas,
y el arriero con su faja negra saca de ella su vara de adelfa,
no para golpear al mulo, el animal no tiene culpa de nada,
lo hace para blandirla en el aire proceloso y cubierto de calima,
de ese sudario que supone ver irse de nuestra vista,
nunca de nuestro corazón, quien sin alas
emprende el que será su último vuelo,
el que hoy es el de Jesús Cuesta Arana
y mañana, mañana …
será el nuestro, aunque nunca tan alto como el suyo.
¿Suenan de nuevo las campanas?
No, no puede ser, no estoy en la Playa, ni en ninguna calle de Alcalá,
son las esquilas y cencerros de ese hatillo de cabras
o la manada de vacas que despiden a Juan Cuesta Arana.
Yo, admirado amigo,
echaré mucho de menos nuestras conversaciones a la distancia,
con ellas me traías rayos de la luz de nuestra Andalucía
y el arte del que tú eres representante y maestro de digno prestigio.
Donde estés, en esa otra dimensión,
con tu presencia lo llenarás de color
y, moldearás a la imagen de nuestra tierra todo
porque eres y serás defensor y enseña del campesino
que siempre vio en tus vuelos, el alear de una tierra que era suya
porque era su cuna
y la había ganado con su sudor, aunque fuera de otro señor,
pero, Jesús Cuesta Arana, en el mundo habrá señoritos, pero solo un Señor
al único que le debemos dar gracias con una oración,
la misma que ahora rezo
para que tu vuelo sea siempre portentoso en los celestiales cielos.

 

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