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De virus y crecepelos

 

En este mundo, donde la mayoría no se informa, sino que solo elige quién quiere que le engañe; donde la opinión, por disparatada que sea, se pone en el mismo plano que el relato veraz de los hechos; donde preferimos oír la mentira a la verdad si no cuadra con nuestra manera de pensar; donde la voz de un científico de primer orden vale lo mismo que la de un charlatán que vende crecepelos; donde los medios de comunicación no informan, sino que venden propaganda de empresas, lobbys y gobiernos, no es raro que vuelen por las redes, multiplicadas como virus, las teorías mas disparatadas sobre el Covid al servicio de quien las airea.

Claro que tampoco ayuda el que algunos referentes políticos patrios se apunten a defender patrañas terraplanistas cuando se trata de atacar al rival, pero en el momento que afecta a su ámbito de responsabilidad, vuelvan a redil de la cordura y de la ciencia, aunque ello les reporte reproches de quienes anteriormente, sus declaraciones, habían ayudado a engañar. Creo que no hace falta dar nombres, son harto populares.

Está bien claro cuál es el objetivo de muchos de los intoxicadores profesionales que han atizado el relativismo frente a la peligrosidad del coronavirus. Son los mismos que defendían que era una gripe estacional más, que era la manera de imponer una dictadura global, que ha sido un ataque chino, o que el peligroso rojeras de Bill Gates nos va a meter con las vacunas contra el Covid un sistema operativo para dominarnos a todos, activado gracias al 5G (como funcione igual que los windows, no quiero ni pensar que pasaría con los pobres humanos, todo el día colgados como zombies). En fin, Don diablo se ha escapado y no sabes la que ha armado…

Esos ataques a las medidas implementadas en la lucha contra la pandemia proceden en su mayoría de la derecha y la extrema derecha. Justo se acaba de descubrir cómo un asesor electoral de Trump, Bolsonaro y Abascal, el hoy encarcelado Steve Bannon, está detrás de la idea de que el Covid es un arma china escapada de un laboratorio y, para ello, tiene en su nómina a una supuesta científica disidente china, que se encarga de airear el bulo a los cuatro vientos para revestirlo de cierta credibilidad.

Lo que no alberga dudas, es que la campaña de la derecha contra las restricciones dictadas contra la pandemia antepone la economía sobre el derecho a la vida de las personas, por eso resulta especialmente fastidioso oír ese mismo tipo de argumentaciones desde la izquierda alternativa. Y no, que nadie piense eso de que los extremos se tocan porque eso es una verdadera y solemne estupidez. Es obvio que el capitalismo está en proceso de remodelación y que está aprovechando la pandemia y los ingentes movimientos de dinero que se están produciendo para resetearse. Hablamos de avances en digitalización, robotización, uberización, teletrabajo, de fusiones, de cierre de empresas, de deslocalizaciones, privatizaciones, de control social a través del Big Data y la Inteligencia Artificial… lo estamos viendo a diario, es imposible negarlo y seguro que lo peor está aún por venir.

Sin embargo, inferir de ahí que el capitalismo ha provocado la pandemia para colocarnos en estado de shock y dejarnos manipular sin ningún tipo de oposición es un disparate. Más que una relación causa efecto —como plantean—, se trata de una aplicación típica de la Teoría del Pisuerga: aprovechar una situación dada en beneficio propio. La pandemia es absolutamente global y ha afectado a todos los países del mundo sin distinción de raza, credo, religión o sistema económico. Lo que ha diferido, y mucho, ha sido el modo de enfrentarla y el éxito o fracaso de cada modelo aplicado.

Pensar que todo obedece a un plan prediseñado es un síntoma de derrotismo. Es el capital el que está contra las cuerdas. El coronavirus ha desnudado al capitalismo y lo ha dejado a los pies de los caballos. Sus medios de desinformación de masas jamás lo reconocerán, pero están claramente a la defensiva por muchos motivos:

La opinión pública se ha dado cuenta de que las cuestiones de salud solo pueden estar en manos de los estados. Mañana será más difícil que ayer privatizar o recortar en sanidad.

Los gobiernos han visto y sufrido en carne propia que no pueden dejar en manos del mercado cuestiones tan básicas como la seguridad sanitaria. Los episodios de robo de mascarillas y respiradores en los aeropuertos por parte incluso de socios y aliados han proporcionado inolvidables lecciones cara a futuro.

Hasta la socialdemocracia, carente de referentes ideológicos y parte consustancial del sistema capitalista, ha reconocido la necesidad de más estado para evitar que se repitan situaciones similares en el futuro.

Los países que mejor han enfrentado la crisis sanitaria, social y económica que ha provocado la pandemia han sido aquellos que tienen en marcha procesos emancipadores, estatalistas y antiimperialistas. Ahí está la propia China, que sin experiencia ni conocimientos previos, tuvo que doblegar al virus dando una lección al mundo primero de buen hacer y luego de solidaridad. Mientras nosotros estamos en la segunda ola, ellos ya van sin mascarillas y las salas de fiestas de Wuhan están a tope. O Cuba, más acostumbrada a resistir ataques biológicos norteamericanos y catástrofes naturales, que apenas ha tenido 100 muertes y sus medicamentos antivirales han dado la vuelta al mundo por haberse mostrado como los más efectivos para los tratamientos durante las primeras fases de la pandemia. Por si fuera poco, médicos cubanos han ido a ayudar desinteresadamente a controlar la enfermedad a multitud de países, incluidos los de la rica y vieja Europa capitalista. No debemos dejar de citar a Venezuela, el número 52 en cuanto a personas infectadas, con un país sometido a un brutal bloqueo, que ha visto cómo sus empresas petroleras o sus reservas en oro han sido saqueadas por esos piratas que se autodenominan democracias y que, con todo ello, su cifra de muertes no llega a las 600, donde el estado se ha hecho cargo de salarios públicos y privados hasta 2021 (para pequeñas y medianas empresas) para compensar los daños de los confinamientos en la economía. Tampoco podemos dejar de lado tampoco a Nicaragua, con menos de 150 fallecidos, cuya creciente economía apenas si se ha visto afectada por la Covid. Ni a Rusia, que ha demostrado una enorme solidaridad incluso con sus artificiales enemigos europeos, que ha tapado muchas bocas en todo el mundo y ha abierto otras muchas al recorrer el ejército rojo media Italia con una caravana de vehículos militares… cargada de sanitarios.

Son estos datos, y muchos más, los que deberían estar en boca de tertulianos y de los presentadores de informativos en los medios masivos. El capitalismo ha fracasado en la contención de la pandemia si lo comparamos con países en procesos hacia el socialismo, el estatalismo o el antiimperialismo. Pretender reducir lo sucedido a una conspiración del capital para controlar a las sociedades y acrecentar los procesos de acumulación es una auténtica barbaridad. Para empezar porque equivaldría a decir que todos esos países del eje del mal citados estaban en el ajo. Vamos, que el mismísimo Maduro se ha puesto de acuerdo con Trump para resetear el sistema capitalista en beneficio de las transnacionales que han anunciado que van a saquear el país a las primeras de cambio.

Aunque los medios de comunicación pretendan hacer blanco lo negro, el capitalismo ha fracasado y está fracasando en la contención del Covid. Países mucho menos ricos han obtenido logros muy superiores porque simplemente han puesto al bienestar de sus poblaciones en el centro de las políticas públicas. Ahora todo el mundo mira al estado como única tabla de salvación de la salud y de la economía. De ahí la ofensiva conservadora y el miedo que están demostrando.

No bailemos al son que nos tocan, no les compremos el relato, no caigamos en derrotismos. A pesar de lo complicado del momento, es una oportunidad de luchar por un gran cambio de modelo en la dirección correcta.

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