El oficio de Mamón

 

El mamón o mamador es un derroche de polisemia. Mamón o marquesote es un pan dulce tradicional mexicano, el ternero o cría que mama leche, y el retoño o chupón que nace de muchas plantas y árboles. «Mammón» era Mamonás o Ammón, uno de los demonios de los siete pecados capitales, y mamón es también ese que estas ahora pensando. Mamoncillo (Melicoccus bijugatus) es una fruta tropical, que se consume chupando o succionando, mientras que mammona es sinónimo de «riqueza”, y mamona la semilla misma de la higuera infernal o ricino (Ricinus communis). El mamón no sólo adjetiva o califica, también es un insulto, a medio camino entre “gilipollas” o “cabrón”, funcionando incluso como pseudónimo, caso del primer torero murciano, Pedro de la Cruz, “El Mamón, allá por 1750. La sustantividad del mamador ha conseguido mutar en el verbo mamonear, que se asocia con trabajar duro o esforzarse, mientras que en México significa hablar de más o menos. Por «mamador de gallo» se conoce al bromista en Colombia y Venezuela, mientras que el acto de mamar se ha asociado al verbo latino fellare, raíz evolutiva de la ”felación” como práctica sexual, pero también sagrada, practicada por las felatrices. La felación también se conoce como un rito iniciático o de transición a la etapa adulta para muchas culturas, como los Sambia de Papúa – Nueva Guinea y su rito de ingestión seminal llamado moku.

La Historia y Mitología nos han demostrado que en el origen de los grandes imperios se esconden grandes mamones o mamadores. Ahí tenemos el caso de Zeus, amamantado por la cabra Amaltea, o el personaje sumerio Enkidu, amamantado por una loba. Rómulo y Remo, fundadores de Roma, también fueron amamantados por una loba, como el mítico rey de Tartessos, Habis o Habido, que fue criado y amamantado por una cierva. Los mamones siempre se han asociado a la realeza. Ejemplo ilustre de ello es el príncipe Carlos, hijo de Felipe II, que fue sádico y mamó teta hasta su trágica muerte a los 23 años. En general, los reyes de la Casa Habsburgo y la Casa de Borbón siempre fueron dificultosos en el crucial momento del destete, presentando una afición enfermiza por los senos de las súbditas y una experiencia contrastada en mamar de la teta del Estado.

Con el paso del tiempo, “mamón” se ha transformado en un versátil modismo, que guarda en su seno multitud de significados, pero también el recuerdo de un oficio ancestral, cuyos orígenes las crónicas lo sitúan en la Edad Media, aunque su función se pierda en la noche de los tiempos. La clientela del mamón eran mujeres con exceso de leche o con problemas para generarla, ya fuesen amamantadoras de hijos propios o ajenos, conocidas éstas como amas de cría o nodrizas. A partir de la Edad Moderna, el uso de nodrizas o la crianza con “leche mercenaria”, se fue generalizando en todas las clases sociales, no siendo algo exclusivo de la realeza y nobleza como había sido hasta entonces.

El oficio de los mamones, «tirapits», sacaleches o «izaiñak» (sanguijuelas) se fue extendiendo por el suelo patrio. Hasta la aparición del mamador, muchos problemas de lactancia se solucionaban usando cachorros de perro, que luego eran sacrificados por la creencia de que después de consumir leche de las recién paridas contraían la rabia. Los mamadores eran personas de ambos sexos, generalmente desdentadas y bendecidas por el párroco del lugar para llevar a buen término sus prácticas. Comenzaban su trabajo calentando con las manos los orbes depositarios del jugo lácteo, tras lo cual, se enjuagaban la boca con coñac y succionaban. Solían beberse la leche, ya que era un alimento muy valorado, salvo los casos de mastitis o infecciones mamarias, en los que escupían la leche.

Tras la Guerra Civil, la miseria agudizo el ingenio, y se generalizaron muchos oficios, hoy ya olvidados. Estos trabajos solían hacerse de forma ambulante, como era el caso de los afiladores, aguadores, alpargateros, silleros, aperadores, arrieros, carpinteros de ribera, segadores, afinadores de cencerros, cobradores de arbitrios, peones camineros, poceros, pisadores de uva, mamporreros, esquiladores o toneleros. Algunos oficios evidenciaron la economía de subsistencia que se había instalado en muchas partes de España, como era el caso del lañador, que a falta de pegamentos, arreglaba con lañas o grapas metálicas los recipientes y objetos rotos; o el llamado sustanciero o saborero, que provisto de un hueso de jamón o vaca atado a un cordel, iba casa por casa introduciéndolo en las ollas durante unos minutos “para dar sabor” a las comidas, a cambio de una peseta o perra gorda el cuarto de hora. En aquellos tiempos de sopa boba, cartillas de racionamiento y oficios nacidos de la necesidad, los mamones continuaron haciendo fluir la leche. Solían entrar en los pueblos anunciándose a viva voz, «es xuclen pits i es lloguen carretous» (se chupan pechos y se alquilan coches de niño), como otros trabajos ambulantes, caso del vendedor de sandías, el tapicero, el lechero o el afilador. Llegados a los pueblos, visitaban las casas particulares, o bien se ubicaban en las fondas, recibiendo allí a su clientela. La actividad de los mamones se extendió hasta los años cuarenta, donde la irrupción de los extractores de leche o tiraleches hizo innecesaria la actuación de estos expertos del mamar.

Actualmente el mamón como oficio ha desaparecido, aunque sigue persistiendo aquél que se niega a abandonar la etapa de la lactancia, y se pasa toda su vida flotando cual corcho en el mar de la oportunidad, mamando de la primera teta que consigue agarrar. El mamón ya no se concibe como un oficio clandestino y mal visto; hoy es el título académico que presentan muchos que han hecho de la succión y la fricción su modus vivendi. Además estos mamotretos, lameculos y adoradores del bálano ajeno suelen estar habitualmente muy bien remunerados y relacionados, lejos de las mamandurrias que cobran los que trabajan deslomándose. La figura del mamador ha hibridado, ha mutado en una especie de parásito, oportunista y vividor, que contra viento y marea, sigue aferrada a la teta ubérrima, que a la sazón, siempre le procura su boca succionadora y su cara dura de mamífero bípedo y planificador. Por desgracia, vivimos tiempos de mamones sin oficio y oficiosos mamadores.

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