Groenlandia no se vende

 

Estados Unidos, la cuna del capitalismo, nació y extendió sus dominios gracias a las guerras o el dinero, con la compra directa de territorio. En 1803, EEUU le compró a Francia 827,000 millas cuadradas de tierra llamada Louisana Purchase, por 15 millones de dólares, ampliando masivamente su territorio hacia el Oeste. En 1819, Estados Unidos compró Florida a España por 5 miserables millones de dólares que nunca recibimos; también en ese tiempo perdimos las Filipinas, tras la Guerra Hispanoamericana. Amplios territorios de la actual Texas y el suroeste se compraron a México en 1848 y 1857. En 1867 EEUU compró Alaska a Rusia por 7,2 millones de dólares, una auténtica ganga teniendo en cuenta la riqueza forestal, mineral y las reservas de gas y petróleo del territorio. Finalmente en 1893 EEUU se anexionó el Reino de Hawaii y en 1917 compró las Islas Vírgenes a Dinamarca.

Conociendo estos antecedentes, el hecho de que Donald Trump haya lanzado el órdago de querer comprar Groenlandia no es algo baladí. La idea de comprar Groenlandia no es nueva, ya se planteó por primera vez durante la década de 1860, bajo la presidencia de Andrew Johnson, pero no se hizo efectiva hasta 1946, cuando Harry Truman le ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares por esta enorme isla helada.

La oferta de Trump no es caprichosa, se hace ahora por varios motivos: Para empezar, el deshielo provocado por el cambio climático está dando acceso a las ricas reservas de uranio, carbón, zinc, cobre, hierro, petróleo, gas y minerales de tierras raras que posee este territorio autónomo danés. Además, la expansión territorial americana no sólo es por recursos, también es geopolítica. Groenlandia es un puente de acceso a las tierras y mares árticos, y aunque puede entenderse como “un brindis al sol”, Trump con su oferta quiere dar a conocer al resto de países ribereños del Ártico, es decir, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Rusia y Canadá, que no está dispuesto a tirar la toalla en esa carrera por la explotación de recursos, que el calentamiento global está revelando, al derretirse los hielos del Polo Norte.

En esa expansión ártica está empeñada especialmente Rusia, cuya armada está embarcada actualmente en una expedición hidrográfica gracias a la cual han descubierto cinco pequeñas islas fruto del deshielo, cerca de la Bahía de Vize, entre el mar de Barents y de Kara. Rusia considera estas islas y todo el territorio al norte de sus costas de dominio ruso. Además el deshielo ha abierto un camino en el Polo Norte denominado Pasaje del Noroeste, gracias al cual su Flota del Norte puede salir de las regiones de Murmansk donde siempre ha estado confinada. El Pasaje del Noroeste es una alternativa al Canal de Panamá en la navegación y el comercio internacional.

Por explotación de recursos potenciales y una política simbólica, también están embarcados en esta conquista polar Canadá y el resto de miembros del Consejo del Ártico. No puede pues extrañarnos que el ministro de Groenlandia, Kim Kielsen, y el primer ministro danés, Mette Frederiksen, hayan dicho “NO” a la oferta de compra de Trump. Un presidente norteamericano que también ha querido mandar un velado mensaje a China, que con sus empresas de prospección están explotando territorios en Asia y África, y que también quieren aprovecharse de los recursos de esta gran isla. En 2017, el primer ministro de Groenlandia voló a China para pedir financiación a los bancos chinos para la construcción de nuevos aeropuertos comerciales, incluido uno para la capital isleña, Nuuk, que ahora solo puede ser servida por aviones de hélice. Dinamarca terminaría financiando estos aeropuertos y cercenando con ello la incursión China, pero ello fue tomado como una afrenta por Trump.

La política actual y los futuros conflictos y guerras serán por la explotación de los recursos naturales. En un planeta que arde y se deshiela, que se llena de asfalto y desiertos, la loca carrera por hacerse con los recursos vitales será la tónica. Estudios de la ONU demuestran que más del 40% de los conflictos armados internos en los últimos 60 años están vinculados con los recursos naturales, y este porcentaje aumentará. La llamada Guerra del Pacífico o del Guano de 1879 entre Chile, Perú y Bolivia; la Guerra del Golfo de 1990; la Guerra de Rusia – Ucrania de 2014 o los cientos de conflictos existentes en América, Asia y África por el agua y la obtención de tierras de cultivo son claros ejemplos de conflictos por los recursos naturales. No pueden pues sorprendernos los enormes incendios de las selvas del Amazonas, Indonesia y Madagascar, o la deforestación y los incendios que sufren actualmente amplias regiones de Siberia.

Le hemos puesto precio a la vida, a los recursos naturales, que son agotables y perecederos; hemos apostado por destruir, en vez de proteger, muy mal camino llevamos cuando sólo pensamos en consumir y arrasar. El colapso está cada vez más cercano.

«El capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el ser humano».
Karl Marx

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