Inmunidad de Rebaño

 

Ahora que reinan los adioses sin testigos, y las multitudes y los abrazos sólo encuentran acodo en los cuadros de Juan Genovés, nos enteramos que el coronavirus guardaba un nuevo as bajo la manga. Había una vana esperanza de poder encarar la pandemia, sin vacuna ni tratamiento, con la llamada inmunidad de grupo o colectiva, es decir, aquélla que se consigue cuando al menos el 60% de la población ha padecido ya la enfermedad, y cuenta con una inmunidad grupal suficiente para servir de barrera al patógeno. Pero los últimos resultados del macroestudio de seroprevalencia realizado no han sido buenos; sólo dos millones de españoles han desarrollado anticuerpos. Esto significa que el 95% de los ciudadanos, es decir, 47 millones, aún siguen expuestos a esta enfermedad letal.

La pandemia ha modificado las conductas sociales y ha condicionado nuestra existencia. La primavera, reino de la clorofila y los colores, se ha estrenado este año bisiesto con una guerra silenciosa, que nos ha confinado y ha sacado a la luz lo mejor y peor de la especie humana. Resulta esperanzadora, y hasta heroica, la labor de sanitarios, militares, fuerzas y cuerpos de seguridad, transportistas y tantos otros oficios y profesionales que se han dejado la piel y la vida por cuidarnos y salvarnos de este virus. Estos colectivos ejemplifican la cara filantrópica y bondadosa que caracteriza al hombre como animal doméstico por antonomasia.

Al mismo tiempo que conocemos y admiramos el hacer y talante de tantos que luchan contra esta virulencia, la cercanía de la muerte, el miedo social y la ausencia de escrúpulos nos están desvelando toda una turba de incívicos de libro y cainitas bocazas, que aprovechan las circunstancias para expandir el odio, incumplir las reglas, hacer el mal y aportar su destrucción. Vivimos tiempos duros donde la vida y el sentido común están en jaque. Carecemos de inmunidad de grupo ante el Covid-19, pero también de resguardo ante toda una panspermia de intolerantes; ante una jauría que despedaza a diario la coherencia y la deseada unión de todos para salir de ésta.

Gente que apesta la tierra siempre habrá. Como decía Albert Camus, “lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso”. Desde el estado de alarma he conocido los mejores gestos, personas con mayúsculas que han dado su vida por todos, pero también he tenido que soportar alcahuetas de lengua bífida que corta más que las espadas vikingas Ulfberht. Toda una camandulería de sátrapas de la patraña, nostálgicos del nudo gordiano, que como moscas cojoneras, revolotean alrededor de la mentira y la vileza. Es complicado convivir con estos dictadores de balcón que han crecido como setas durante el dolor; con esos palanganeros del clasismo y mesnadas de bultos sospechosos y lenguaces.

España ya no es cervantina, nadie cree en el amor platónico, la dignidad y la lucha por unos valores sociales inalcanzables. Prima la mediocridad, que necesita sangre y aborregamiento vestido de suspicacia, para parir execrables de bolsillos raídos, bodes ineptos, mojigatos cibernéticos, paladines de la patria y politólogos de chigre. Cansa ver tanta horda de avasalladores y morralla insoportable, que sólo busca destruir, manipular y confrontar. El corazón delator de esta gentuza, de estos lacayos del embuste, resuena tras las cristaleras de los balcones, mientras allí afuera, los mejores se enfrentan a la muerte y la primavera fecunda la vida.

Quien nos salva de esta ralea, quien nos inmunizará ante este rebaño. Cuando regrese la “normalidad”, si es que regresa, todos estos necrófagos y voceros, para los que no existe cura o tratamiento, seguirán ladrando, tergiversando y conspirando, instalados en su realidad inefable y paralela, enmarcada en pan de oro.

“No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas”.
Benito Pérez Galdós

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