“Revolucionarios de pro”

 

Pululan por todas partes, hacen pintadas y murales con antisistémicos lemas, abarrotan exiguos autobuses para acudir a incontables manifas por todo el territorio nacional, lucen camisetas y banderolas donde reivindican todo lo reivindicable, pero… ¿son todos iguales? Ni mucho menos, entre los revolucionarios hay diferentes tipos que vienen a engrosar la taxonomía de la revolución.

Algunos de ellos ni siquiera salen de su cuarto. Posters del Ché decoran su sancta sanctórum personal y botellines de Cruzcampo siembran su escritorio mientras su PC de última generación echa humo. Consiguen que ardan las redes sociales con ingeniosos posts donde critican a los líderes más reaccionarios, siendo el “meme” su arma preferida. Los más avezados se lanzan al hacktivismo y alguno que otro consigue convocar una sentada en la puerta de alguna institución (a la que no acuden, por supuesto). Pero la sentada es un éxito.

Luego están los que sí que van a la sentada. Están deseando que se convoque un acto de esas características para presentarse allí con su batucada, su cacerola o su megáfono, prestos a agitar su recién estrenada pancarta. ¿Y qué pone en la pancarta? No importa mucho, ¿a que se ve genial en las fotos con filtro? Hemos acertado en el color, sin duda. Carne de Instagram, pero carne cubana.

El revolucionario militante abraza las siglas de su partido como si no hubiera un mañana. Se mueve como pez en el agua entre las ventanillas únicas y el flyer con la campaña vecinal de moda es su caballo de batalla. A veces consigue arrastrar a uno de los de la sentada a un acto público, o convence al hacktivista de que le dé un poco de amor a su flyer en las redes sociales. Disfruta con un acta de asamblea perfecta plagada de minuciosos detalles… transparencia, ante todo.

Luego están los que eterna y platónicamente sueñan con la revolución. Discos de Raimon, Ismael Serrano y Lluís Llach abarrotan sus estanterías, dejando apenas sitio para gruesos volúmenes que abarcan desde Marx a Hessel, pasando por más livianos tomos de Sampedro, Iglesias o Anguita. Pasa de manifas y ya ha militado en tres partidos distintos, que abandonó porque dejaron de ser puristas. Éste, el 15M lo vio por la tele, pero es un crack escribiendo discursos.

No nos olvidemos de los nostálgicos, ¡ah, los nostálgicos! Esos que vienen de vuelta de todo (no confundir con los eternos soñadores), que continuamente rememoran batallas pasadas y prestos se lanzan a contar anécdotas de cuando eran activistas o militantes. Siempre te dejan algún libro que consideran de obligada lectura, o te muestran reliquias de otros tiempos: un antiguo carné comunista, ajadas fotos en blanco y negro o amarillentos pasquines a multicopista. De éstos hay que aprender.

Y a veces aparece alguien que es capaz de reunirlos a todos en torno a una misma mesa. Da igual si es la mesa de una terraza, de una asociación de vecinos o de una sede oficial. Tímidamente al principio, pero con reafirmantes pasos (y perdiendo pelo por el camino), son capaces de entenderse y comenzar a sentar las bases de un plan bien estructurado. En contadas ocasiones su vacilante alianza llega hasta la siguiente campaña electoral y consiguen articular una candidatura lo suficientemente sólida como para presentar batalla a las derechas y poner un pie en las instituciones. Casi sin quererlo, ponen de acuerdo al hacktivista, al de la sentada, al militante, al soñador y al nostálgico. Estos son los imprescindibles, bastiones de la democracia… revolucionarios de pro.

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