MONTE DE LA TORRE

Terror doméstico

 

Cuando niña mi abuela me arropaba en cuentos de palabras de algodón para que mi sueño infantil no pasara frío; mucho más tarde entendí que su moraleja era de pólvora reivindicativa . En la ribera del arroyo de mi vida, en esa aurora de amaneceres de espanto, intentando que fuera esa etapa mía bella y dulce, trinaba el ruiseñor de mi madre. Yo no me daba cuenta que su gorjeo era lánguido y triste, que más que cantar era SOS, verdadero último canto de cisne. Nada de alegría se atisbaba porque mi maternal avecilla estaba enjaulada entre los barrotes del miedo y, con sus alas cercenadas. Aun no comprendo cómo podía emitir su melodioso y canoro sonido aquella su garganta cuando, su bello pico tenía férreamente amordazado, con el temor a que el candado de la puerta lo abriera su cruel carcelero.

El nido, aquel que ella misma hizo con su esfuerzo y cariño, ahora estaba todo roto. Las dos ramas que lo sostenían; una muy débil, por el peso inexorable de los años, y la otra, aunque muy joven y fuerte, se hallaba quebrada por el hacha del terrible machacón machismo.

¿Y mi padre?

No sé porque llamo así al lobo que rompió y despedazó los cuentos bonitos de mi abuela; el mismo que, a la voz lastimera del ave materna de un zarpazo mató , no se conformó con irle, día a día, quitando las plumas bellas de sus sueños de libertad, haciendo con ello que todas mis ilusiones emigraran, cual golondrina ante los invernales fríos.

Destrozó el nido y yo, desnuda , envuelta solo en la vaporosa gasa del pavor, no sabía en qué lugar esconderme pues; cuando le tiran a uno su hogar, y encima lo derriba quien debía ser uno de los sólidos pilares, la decepción es total; pero todas las mujeres poseemos una energía especial y, si salimos de las llamas , aunque las quemaduras sentimentales tarden mucho en cicatrizar, pronto recobramos nuestra vitalidad; pero nuestra desconfianza es tan grande que, llegando en persona junto a nosotros el más inocente cordero, siempre desconfiaremos, temiendo aparezca de sus adentros la fiera que devore nuestros derechos ; por eso, desde el principio, aun presentándose como manso borreguito, no debemos creer que al abrigo de su lana no pasaremos frío. Puede que quien busca calentarse resulta arder en el fuego de la lacra del que no respeta a su compañera. Aunque solamente tenga mi piel desnuda no debo buscar en el otro protección; el amparo y la seguridad debe tenerse en una misma; por ello, desde el principio, pongamos los papeles sobre la mesa y no cedamos un palmo porque esa debilidad, ese exceso de confianza en el otro, resulta entregarse sin condiciones y, en un mañana será clavo de nuestra cruz.

El mejor refugio está en nosotras mismas y, al mínimo indicio, hay que dar el grito de alarma, la voz denuncia para que no sea pisoteado nuestro digno papel, ese que todas tenemos que escribir y, como lo rellenamos con pulso firme, nada ni nadie , con engaño y falsedad primero y luego con violencia y agresividad, puede borrar nuestras señas de identidad.

Mi madre fue víctima, quisiera fuera la última, y cual singular mártir, con su sacrificio redimió mi pecado y me salva haciéndome comprender que no seguiré su ejemplo. Debo luchar por la femenina libertad, la que no podemos hipotecar por un falso abrazo o un beso que es de Judas. No queremos pedestales de hipocresía. Reclamemos por tener el merecido puesto en el único escalón , el de la igualdad de géneros en todos los campos y que, ni en lo laboral ni familiar, ni social seamos relegadas. No somos ni cariátide, ni vestal; por eso no soportemos la presión por sostener la cornisa de las apariencias evitando el qué dirán. Si una casa se cae, otra se levantará, pero que no nos pase como a mi madre que, los de fuera, pensaban vivía en un confortable hogar y estaba en una celda en la que terminó enterrada viva.

Si ves el mínimo indicio de que tu dignidad es vilipendiada y denigrada no esperes. Si el ojo ajeno descubre las grietas no intentes taparlas con tu silencio, escondiendo lo que ninguna mujer debe ocultar, el maltrato. Es mejor tender la ropa sucia con un moratón que no poderlo hacer, cuando ya es imposible, porque está manchada y empapada con la sangre de la inocente víctima.

Aquella debilidad que tuvo mi progenitora para evitar escándalos y vergüenzas, pensando, con su retrógrada mentalidad, que sería estigma social para sus descendientes. Al callar tanto terminó en eterno silencio para siempre; pero lo que ella no habló, las palabras que en su pecho enterró , en su mirada le quedaron petrificadas en lágrimas en tanto su bello rostro se llenaba de surcos, lo que eran resecas y hondas arrugas.

Soy fuerte en la lucha pero, he de confesaros que en la soledad, viene el recuerdo de ella y tiemblo porque no quiero que su doloroso fantasma me asuste quedando inmóvil, esclava del pánico que me devoraría toda mi vida. Eso supondría ser causante de mi suicidio y yo, como toda mujer, tenemos el deber de cuidar que nuestro papel ni se doble ni ultraje, ni rompa. Puerilmente pensaba que el terror era siempre salvaje pero, también, por desgracia, es doméstico. No dejemos que nos devore y rompa lo que ya no es sueño, es grandiosa realidad, ser la mujer de hoy, ejemplo de las de venideros mañanas.

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