Uno más de nosotros

 

En el día en el que el Ayuntamiento de Los Barrios le brinda un merecido homenaje de despedida, quiero yo también aprovechar para dedicar unas palabras al Padre Yelman, que, además de ser hasta ahora el párroco de la Iglesia de San Isidro Labrador y el director espiritual de la feligresía cristiana de esta población, es para mí, y para mi familia, un buen amigo.

¡Quién lo diría! ¡Un agnóstico confeso como yo, bastante crítico con la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, especialmente en todo lo que se refiere a su versión temporal, haciendo migas con un cura! Pues sí, así es. Aunque tampoco es de extrañar, porque el Padre Yelman no es ni ha sido durante su ejercicio ministerial en Los Barrios un sacerdote al uso, sino uno de esos que rompen moldes y con su labor pastoral consiguen agrandar el rebaño en lugar de ir por ahí perdiendo ovejas.

Desde que entablamos amistad allá por 2012, prácticamente al poco de su llegada a nuestro pueblo, me he sentido más cerca que nunca de esa iglesia junto a la que me he criado y vivido prácticamente casi toda mi vida y de la que hace mucho me aparté. Desde que entablamos amistad, sí, he sido capaz de ver el fenómeno religioso desde otra perspectiva, no con la razón, sino con el corazón. Y créanme que para un tipo como yo que se las da de docto, ilustrado y erudito eso no es nada sencillo.

En estos últimos ocho años me he acordado mucho de mi infancia, de aquella época en la que fui monaguillo, leía el Santo Rosario y hasta hacía las veces como ayudante del sacristán, mientras pertenecía a los Boy Scouts. Aunque, claro, también es verdad que con la edad que ya tiene uno es bastante normal verse invadido de cuando en cuando por arrebatos de nostalgia.

En estos últimos ocho años, sí, he ido al templo parroquial más de lo que lo había hecho nunca en todos los años anteriores, y una de las causas resulta bastante obvia.

Nada más que por todo esto que cuento ya tengo motivos como para estar agradecido a nuestro querido Padre Yelman Bustamante Solórzano. Pero hay muchas más razones por las que lo estoy: por el cariño que nos ha mostrado a mí y a los míos, por regalarnos su compañía, por compartir con nosotros parte de su sabiduría –sabiduría auténtica, no de la que procede del frío intelecto, sino de la que brota de la calidez del alma– y por ayudarnos en más de una ocasión cuando lo estábamos pasando canutas.

Para los Ortega Belkasmi, el Padre Yelman, y lo proclamo sacando pecho por ello, es uno más de nosotros. Tan es así que para nuestro pequeño Aaron es y será siempre el tío Yelman. ¡Ya ven! Tal ha sido su presencia y su influencia en nuestra existencia que el chico me ha salido “capillita”, dicho sea con el mayor de los afectos.

Que la paz te acompañe eternamente allá adonde vayas y que la luz de quien tú ya sabes te ilumine y te guíe. Gracias por todo…

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